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Dietl y Rommel

Dietl y Rommel. Los zorros alemanes.

Las vidas paralelas de dos grandes generales de la II Guerra Mundial

Las coincidencias y simetrías inundan las biografías de Eduard Dietl y Erwin Rommel, dos de los militares alemanes más notables del pasado siglo, tanto en la gloria de sus victorias como en la amargura de sus derrotas.

La Historia opera de maneras peculiares. No desdeña las simetrías de la ficción y, como si quisiese dotarse de un sentido que por sí misma no posee, crea reflejos especulares entre sus grandes personajes para hacernos notar que sus destinos eran los de hombres especiales. Plutarco vio esas correspondencias en sus Vidas paralelas, su colección de biografías de griegos y romanos ilustres cuyos perfiles son ecos recíprocos. La Historia contemporánea no se libra de estas asociaciones, y hay particularmente una pareja de generales alemanes de la Segunda Guerra Mundial cuyas trayectorias parece que jugaron a copiarse. Hablaremos en este texto de Eduard Dietl y Erwin Rommel, dos de los líderes militares alemanes de este conflicto más reconocidos y recordados.

El primer paralelismo entre ambos lo marcan sus propios nacimientos. Ambos fueron cronológicamente muy cercanos: el de Dietl, el 21 de julio de 1890; el de Rommel, el 15 de noviembre de 1891. Dietl nació en Bad Aibling, una localidad situada a unos 56 kilómetros de Múnich y Rommel en Heidenheim an der Brenz, a 33 kilómetros de Ulm. Eran, respectivamente, ciudadanos de Baviera y de Württemberg, dos reinos integrados en el Imperio Alemán, dominado por el de Prusia. Este carácter periférico es una afinidad notable, ya que nos los presenta como ajenos al ámbito del estamento militar prusiano, que copaba los puestos más notables en el Ejército del Imperio. Con el Tercer Reich el prusianismo prácticamente despareció, ya que Hitler  (de nacimiento austriaco, y de formación militar bávara, es decir, un personaje doblemente periférico) desconfió siempre de ese estamento tradicional, casi hereditario, y lo reemplazó por una meritocracia a la hora de asignar los puestos de responsabilidad militar en la recién creada Wehrmacht. Ni Rommel ni Dietl eran, además, de origen aristocrático: el padre del bávaro era funcionario de Hacienda, y el del württembergués, profesor de matemáticas. Nos encontramos, por tanto, ante dos grandes militares cuyas cunas no los predisponían a realizar la carrera de las armas, ni cuyos apellidos pudieron ayudarlos a subir en el escalafón.

 

Dietl y Rommel

Al estar separados por apenas un año, las fechas de sus primeros empleos y ascensos también corren paralelas. Dietl ingresó como cadete en el Ejército de Baviera el 29 de enero de 1910, y Rommel en el de Württemberg el 19 de julio del mismo año. Recibieron sus despachos de teniente segundo el 26 de octubre de 1911 y el 27 de enero de 1912 respectivamente, y hasta 1915, ya en plena guerra, no fueron ascendidos a teniente primero. Ambos eran hombres de infantería. La actuación de ambos en esta contienda fue igualmente sobresaliente, si bien la hoja de servicios de Rommel es más lucida por los hechos de 1917. Aunque los dos comenzaron combatiendo en el Frente Occidental (del que Dietl no se movería en toda la guerra), Rommel vivió más movimiento: su batallón fue integrado en el Cuerpo Alpino del Ejército Alemán, y combatió en los frentes de Rumanía y de los Alpes. Allí desarrolló sus revolucionarias tácticas de liderazgo individual al frente de grupos independientes y de infiltración tras las estáticas líneas enemigas, y allí, en la Batalla de Caporetto, lideró la toma del Monte Matajur (el 25 de octubre de 1917), en la que cuatrocientos alemanes apresaron a más  de nueve mil italianos. Al final de la guerra ambos oficiales fueron abundantemente condecorados: Dietl obtuvo la Orden al Mérito Militar de cuarta clase con Espadas y Corona de su natal Baviera, además de la Cruz de Hierro de primera y segunda clase de Prusia y la Medalla al Valor del Gran Ducado de Hesse. Rommel, la Orden al Mérito Militar, la Orden de Federico de primera clase con Espadas y la Medalla de Oro al Mérito Militar, las tres del Reino de Württemberg, junto a la Cruz de Hierro de primera y segunda clase de Prusia, la Orden al Mérito Militar de cuarta clase con Espadas de Baviera, la Cruz al Mérito Militar del Imperio Austro-Húngaro y, sobre todo, la prestigiosísima Orden Pour le Mérite, el máximo galardón al valor otorgado por el Reino de Prusia y, por extensión, de todo el Imperio Alemán. Ambos fueron, además, recompensados con las Insignias de Herido en plata. Por su actuación más destacada, Rommel concluyó la guerra como capitán (fue ascendido el 18 de octubre de 1917), mientras que Dietl no recibió el ascenso hasta dos años después.

El perfil militar de Dietl y Rommel en los años veinte y treinta también es bastante similar, y se caracteriza por la alternancia entre destinos con mando efectivo y el ejercicio de la docencia, un aspecto sumamente importante ya que ambos fueron notables teóricos de táctica militar, un aspecto que hizo que su actuación en la Segunda Guerra Mundial fuese tan destacada: Dietl fue profesor en la Academia de Infantería de Múnich entre 1924 y 1928, instructor de Tropas de Montaña en Oberstdorf en junio de 1930, en Großglockner entre septiembre y octubre de 1930 y en Stubai en abril de 1931, así como instructor del Campo de Ejercicios de Grafenwöhr entre junio y julio de 1933. Por su parte, Rommel fue profesor en la Academia de Infantería de Dresde entre 1929 y 1932, y en la Academia de Guerra de Potsdam entre 1935 y 1938 y de Wiener-Neustadt entre 1938 y 1939.

Si hablamos de sus perfiles ideológicos, encontramos también algunas similitudes. Dietl y Rommel fueron seducidos por el nacionalsocialismo y el régimen supo premiar su afinidad política. Dietl era un furibundo anticomunista, y en la inmediata posguerra se integró en el Freikorps Epp, uno de los cuerpos francos más activos y militarmente más potentes, gracias al cual fue aplastada la efímera República Socialista de Baviera en 1919. También estuvo afiliado en el Partido Alemán de los Trabajadores, el embrión del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores, y recibió con alborozo la llegada al poder de Hitler. Rommel, por otro lado, participó como negociador en la rendición de las revueltas comunistas en las ciudades de Lindau en 1930 y de Schäbisch Gmünd en 1932, y fue destinado después a la importante zona industrial del Ruhr, para sofocar las actividades de los huelguistas.

La confianza ganada por ambos se refleja en la importancia de los destinos que obtuvieron inmediatamente antes de la Segunda Guerra Mundial. Dietl alcanzó el generalato (en su primer grado dentro del Ejército Alemán, el de generalmajor) el 1 de abril de 1938, requisito indispensable para que asumiese el mando el 1 de mayo de ese año de la 3ª División de Montaña, cuyo cuartel general se encontraba en Graz. Rommel fue ascendido a generalmajor el 1 de junio de 1939. En los meses anteriores, Hitler lo había seleccionado para mandar el Führer-Begleit-Bataillon, la escolta militar del Jefe del Estado. Como generalmajor, asumió en agosto de 1939 el cargo de Jefe de Seguridad en el Cuartel General del Führer, un puesto de especial confianza que refleja la estima en que era tenido por Hitler.

El estallido de la guerra posibilitó que estos dos jóvenes generales, que habían sido brillantes oficiales en la Primera Guerra Mundial, y que contaban con las bendiciones del régimen y un sobresaliente perfil táctico por su formación y destinos durante los años veinte y treinta, desplegasen sus excepcionales cualidades casi simultáneamente, en la primera mitad de 1940. Dietl, que había sido ascendido a generalleutnant el 1 de abril, zarpó con su división hacia Noruega y su fuerza desembarcó en Narvik el día 9. Los destructores que los habían llevado hasta allí fueron destruidos por las fuerzas navales británicas, y la 3ª División de Montaña quedó aislada. Ante estas circunstancias, Dietl ordenó que sus fuerzas (denominadas «Grupo Narvik» el día 24) se replegasen hacia las colinas, y desde allí reconquistó la ciudad cuando los británicos y franceses evacuaron Noruega y dejaron a su suerte a su aliado. Rommel,  por su parte, tampoco participó en la Campaña de Polonia, y entró en combate en el Frente Occidental con la unidad cuyo mando recibió el 15 de febrero de 1940: la 7ª División Acorazada. Es justo el apodo con el que fue conocida (la «División Fantasma») ya que Rommel la movía con una velocidad que hacía que ni el propio Alto Mando alemán supiese exactamente dónde se encontraba. Con ella llegó al Canal de la Mancha el 10 de junio y tomó el importante puerto de Cherburgo. Hitler no cabía en sí de gozo con sus dos generales predilectos, y ambos fueron recompensados con la más alta condecoración militar que en esos momentos Alemania otorgaba a sus soldados: la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, que Dietl recibió el 9 de mayo  y Rommel el 27 de ese mismo mes. Además, Dietl fue el primer alemán en recibir el siguiente escalafón, instituido el 3 de junio: las Hojas de Roble para su Cruz de Caballero, que Hitler le impuso solemnemente el 19 de julio cuando fue ascendido a general der Gebirgstruppe (general de Tropas de Montaña).

Tras los laureles ganados en Noruega y Francia, Dietl y Rommel marcharon a sus destinos de forma paralela al ser enviados a frentes importantes pero secundarios. Dietl, que el 14 de junio de 1940 había sido nombrado comandante del Cuerpo de Montaña de Noruega, lideró el extremo septentrional de la ofensiva que, en el contexto de la Operación Barbarroja y mediante el Ejército Alemán de Noruega, Alemania lazó contra la Unión Soviética desde su aliada Finlandia el 22 de junio de 1941. Si Laponia era un frente marginal, también lo era Libia. Los italianos habían visto cómo  su ofensiva a Egipto en solitario desde su colonia se había convertido en una catástrofe, y para ayudarles a contener el empuje británico, Hitler envió hasta allí al Cuerpo Alemán de África. Se trataba de una unidad acorazada, y para moverla en las inmensidades de los desiertos, Rommel parecía el hombre adecuado. Así, el 14 de febrero de 1941  asumió el mando del cuerpo, ya que el 1 de enero había sido ascendido a generalleutnant. No mucho después, el 20 de marzo, obtuvo las Hojas de Roble. Dos ciudades se convirtieron en el objetivo final de nuestros dos generales: para Dietl, Múrmansk; para Rommel, El Cairo. Ambos puertos eran vitales tanto para soviéticos como para británicos, ya que en el primero confluían las rutas de abastecimiento que partían desde Gran Bretaña, mientras que el segundo daba el control absoluto sobre el Mediterráneo oriental y el Canal de Suez. Ninguno de los dos pudo ser tomado.

El fracaso no empaña la actuación de Dietl ni de Rommel, que rápidamente pasaron a mandar un ejército completo: el 15 de enero de 1942, Dietl (que el día 1 de junio sería ascendido a generaloberst) recibió el mando del Ejército de Laponia, denominado poco después 20º Ejército de Montaña, una unidad mixta que incluía el XXXVI Cuerpo de Ejército Alemán, el Cuerpo de Montaña de Noruega (su anterior mando) y el III Cuerpo de Ejército Finlandés. Rommel, ascendido a generaloberst prácticamente a la vez, el 30 de enero (cuando recibió las Espadas para su Cruz de Caballero), se puso al frente del Ejército Acorazado de África, también mixto ya que englobaba, además del Cuerpo Alemán de África, al X, XX y XXI Cuerpos de Ejército Italianos. Las condiciones de combate eran durísimas en ambos casos, aunque opuestas: los fríos polares complicaban la guerra tanto como el calor y las arenas africanas. La logística era una pesadilla, y mientras en Laponia la situación se estancó por la tenaz defensa soviética, en Libia y Egipto los continuos avances y retrocesos agotaban las maltrechas fuerzas ítalo-alemanas. Pero la propaganda germana, a medida que se  asumía que la guerra sería larga y no un paseo militar, necesitaba héroes, y Dietl y Rommel fueron encumbrados por Hitler, su gran valedor. Se convirtieron, respectivamente, en el «Zorro del Desierto» y el «Zorro del Ártico», dos protagonistas de la prensa para los que todo era elogio.  Y es que, ciertamente, Dietl y Rommel no  sólo eran dos generales que gozaban del apoyo de Hitler. Su estilo de mando, siempre cerca de la zona de combate, les granjeó la simpatía y la admiración de sus tropas. Y sus aliados en el frente los colmaron con sus mayores honores: Dietl recibió de Finlandia la Orden de la Cruz de la Libertad de primera clase con Espadas y Hojas de Roble y la Gran Cruz de la Orden de la Rosa Blanca con Espadas. Rommel fue reconocido por Italia sucesivamente con la Medalla de Plata al Valor, la Orden Militar de Saboya con la categoría de Gran Oficial y la Gran Cruz de la Orden Colonial de la Estrella. La cúspide de su popularidad llegó con su ascenso a Mariscal de Campo el 22 de junio de 1942, como reconocimiento a la reconquista del puerto libio de Tobruk. Su momento de estrellato militar vino de la mano de la asunción del mando de todo un grupo  de ejércitos el 1 de enero de 1943, el Grupo de Ejércitos «África» (que englobaba el 5º Ejército Alemán, recién desembarcado en Túnez, y el maltrecho 1º Ejército Italiano), junto con la recepción de los Brillantes para su Cruz de Caballero, el 11 de marzo de ese mismo año.

Los laureles fueron amargos, y como dijimos anteriormente, las campañas del Eje en Laponia y en el África Septentrional fueron un fracaso. A Dietl se le ordenó reunirse con Hitler en el Berghof, su residencia de los Alpes Bávaros cerca del pueblo de Berchtesgaden. El 23 de junio de 1944 el avión de transporte Ju 52 en el que viajaba junto a tres de sus generales subordinados se estrelló en los bosques de Hartberg, en Estiria. No hubo supervivientes. Dietl recibió de manera póstuma las Espadas para su Cruz de Caballero, y de Finlandia la Gran Cruz de la Orden de la Cruz de la Libertad. Recibió un funeral de Estado, y fue enterrado en el cementerio muniqués de Nordfriedhof. A Rommel le esperaban mayores sinsabores. El 6 de marzo de 1943 fue evacuado de Túnez (aunque sus hombres continuaron resistiendo allí dos meses más), y después de un tiempo de descanso para su quebradiza salud, fue puesto al frente del Grupo de Ejércitos B el 23 de julio, una gran unidad cuyo objetivo teórico era defender Italia de la inminente invasión aliada desde Sicilia, pero que realmente tenía la misión  de ocuparla ya que había claros indicios de que el país iba a pedir el armisticio. Dicho Grupo de Ejércitos fue trasladado en noviembre al norte de Francia, ya que se esperaba una nueva invasión aliada allí. El exitoso Desembarco de Normandía dejó a Rommel moralmente deshecho, privado de su chispa militar, y envuelto en una nube de conspiraciones contra Hitler que condujeron a su controvertida muerte. Tras el intento de asesinato sufrido por Hitler el 20 de julio de 1944, las declaraciones (obtenidas bajo tortura) del Comandante Militar de Francia, el general Carl-Heinrich von Stülpnagel, y de su propio jefe de Estado Mayor, el generalleutnant Hans Speidel, no lo dejaron en buen lugar. Rommel, que se encontraba en Württemberg, en su casa de Herrligen, convaleciente de una herida recibida el 17 de julio, fue visitado por el general Wilhelm Burgdorf,jefe de la Oficina de Personal del Ejército, el 14 de octubre. Burgdorf lo puso al tanto de que se tenían indicios de su implicación en el magnicidio frustrado, y le proponía dos salidas: comparecer en Berlín ante un tribunal, con pocas esperanzas de salir airoso del juicio, con la consiguiente mancha en su honor, o suicidarse para salvar su honorabilidad, que en parte era la del propio Ejército. Al régimen no le convenía que un símbolo nacional encumbrado por la propaganda oficial acabase sus días como un traidor. Y a Rommel, que el futuro de su familia se viese amenazado, así que optó por la segunda opción. Partió en coche hacia Ulm con Burgdorf, y a mitad del camino éste ordenó detenerse al conductor. Dentro del vehículo, en el arcén, Rommel ingirió una cápsula de cianuro, y después se informó oficialmente de su muerte «causada por un derrame cerebral». Así pudo celebrarse el funeral de Estado que el régimen le rindió el día 18.

La muerte, por tanto, también unió a Dietl y a Rommel. Ninguno de los dos vio el final de la guerra. Sus fallecimientos prematuros, accidental en el caso de Dietl, y traumático en el de Rommel, les evitaron asistir a la derrota y ser objeto de la ignominia de la cautividad y quién sabe si del juicio y la sed de venganza de los vencedores, aunque es seguro que no se les podrían haber imputado ni probado crímenes de ningún tipo. En la Alemania de posguerra, o al menos en la República Federal Alemana, Dietl y Rommel constituyeron un caso singular ya que recibieron honores y reconocimientos del que no fueron objeto otros grandes generales de la contienda. El nuevo estado alemán procuró obviar en la medida de lo posible el recuerdo de la reciente conflagración, asociado irremediablemente a la vergüenza del nazismo, pero Dietl y Rommel se salvaron de ese olvido voluntario. Un monolito recuerda los nombres de Dietl y los demás pasajeros del Ju 52 justo en el lugar en el que el avión se estrelló. Calles en Bad Aibling, Kempten, Füssen y Freyung recibieron su nombre (aunque en  los años noventa todas fueron rebautizadas), y en 1990 el ayuntamiento de Graz lo declaró ciudadano honorario. En cuanto a Rommel, en 1961 la mayor base del Ejército Alemán, situado en Augustdorf, fue llamada «Cuartel Mariscal Rommel», al igual que dos bases más, ubicadas en Dornstadt y en Osterode. Uno de los tres destructores antiaéreos adquiridos por la Armada Alemana a finales de los años sesenta fue  bautizado con su nombre. En 1961 se erigió un monumento en su memoria en Heidenheim, el pueblo que lo vio nacer. En 1989 se inauguró un museo con  sus archivos personales en Herrlingen, la localidad en la que pasó sus últimos días, donde además una calle cercana a su casa familiar también lo recuerda. El mito de Rommel, fomentado no sólo por la propaganda alemana, sino también por la británica (una actitud típicamente británica es ensalzar al enemigo vencido para destacar los méritos de esa victoria) es inagotable.

Es curioso que se recuerde con este inusual fervor a dos generales que manifestaron sin ambages su simpatía por el nazismo, que recibieron durante el periodo importantes puestos en la paz, y trascendentes destinos militares durante la guerra. Dos generales que fracasaron en las campañas en las que detentaron la máxima responsabilidad (doblemente en el caso de Rommel, derrotado en Túnez e incapaz de frenar la invasión aliada de Francia) y que ni siquiera murieron combatiendo, sino durante un accidente el uno, y prácticamente condenado a muerte el otro. Sin embargo, su arrojo frente al enemigo en la Primera Guerra Mundial, su liderazgo en la Segunda, sus grandes dotes tácticas, la devoción que por ellos sentían sus subordinados, la admiración que recibieron de sus aliados y el respeto que suscitaron en el enemigo hacen de Eduard Dietl, el «Zorro del Ártico», y de Erwin Rommel, el «Zorro del Desierto», dos de los militares alemanes más recordados del siglo XX, cuyas vidas, como hemos visto en estas líneas, corrieron casi paralelas.

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