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La batalla que ganó la propaganda

La batalla que ganó la propaganda

El 8 de marzo de 1936 daba comienzo la que ha pasado a la historia de la Guerra Civil española como Batalla de Guadalajara. El Corpo Truppe Volontarie (CTV) italiano, organizado en suelo español poco antes, sería el encargado de realizar la operación de atacar con todo su potencial guerrero a la 12ª División republicana que entonces guarnecía el frente estabilizado al norte de la provincia de Guadalajara.

El avance sobre la capital de la Alcarria ya estaba previsto en las directivas del general Mola para la 5ª División (Zaragoza), aunque por diversos motivos, este ataque no se pudo lanzar en los primeros compases del conflicto. Con la ofensiva ejecutada por el CTV a comienzos de 1937, se estaba intentando, por tercera vez, un envolvimiento de Madrid, esta vez desde el Norte, cortando, además, las comunicaciones de la zona central republicana con la de Levante. La maniobra era muy ambiciosa, pretendiendo cercar a todo el Ejército del Centro y provocar, de esta manera, la caída de la capital de España. Por expresa decisión de Franco, en la ofensiva participaría la División de Soria, al mando del general Moscardó, algo que no agradó a los italianos, que pretendían alcanzar los laureles de la victoria en solitario.

Mandaba el Cuerpo de Ejército italiano el general Mario Roatta, un competente militar de cincuenta años, cuyo último destino había sido el de jefe del Servicio de Información Militar. Buen amigo de Galeazzo Ciano, ministro de Asuntos Exteriores y yerno de Mussolini, en septiembre de 1936 había sido enviado para mandar la Misión Militar Italiana en España, en apoyo de las tropas de Franco.

El nombre de Moscardó está asociado a la epopeya del Alcázar de Toledo, donde resistió los embates de las milicias y del Ejército republicano durante setenta días. Tras la liberación del recinto, el coronel Moscardó sería recompensado con la Laureada de San Fernando y ascendido a general de brigada. Dos días después se creaba oficialmente la División de Soria, que guarnecía el flanco Nordeste de Madrid, entre Somosierra y Guadalajara, y Moscardó era nombrado su jefe. La División disponía de dos Brigadas, la primera la mandaba el coronel Esteban Infantes y la segunda, el coronel Marzo Pellicer.

El resultado de la batalla -según la versión más generalizada- fue una derrota ignominiosa de la unidad italiana, cuya superioridad de medios y de efectivos no le sirvió para nada, frente a unas tropas republicanas, menguadas en número, reforzadas con voluntarios internacionales – entre ellos, los italianos antifascistas de la “Garibaldi”-, pero mucho más motivadas pese a su inferioridad de medios.

Para el profano hay que anotar que el CTV formaba con cuatro divisiones de infantería, dos grupos de banderas (regimientos) independientes, diez grupos de artillería, cuatro compañías de tanquetas, dos de autoametralladoras y motoametralladoras y cuatro baterías antiaéreas, sumando un total de 31. 218 hombres[1]. Protegiendo el flanco derecho de los italianos, actuaría la 2ª brigada de la División de Soria, reforzada (Brigada Marzo), compuesta por tres agrupaciones de infantería, una agrupación de caballería, tres grupos de artillería, tres compañías de zapadores, una compañía de carros ligeros y dos secciones de ametralladoras antiaéreas, disponiendo de un total cercano a los 8.000 efectivos.

El mito de los italianos

 La realidad del contingente italiano, por mucho que se haya creado la leyenda de que se trataba de una impresionante máquina de guerra, era bastante diferente. Analicemos los detalles que no se suelen contar cuando se habla de esta unidad italiana en marzo de 1937.

-Tres de las divisiones italianas estaban formadas por Camisas Negras, o lo que es lo mismo, voluntarios de la milicia fascista con poca o nula formación militar. Su integración y homogeneización se produjo en los buques que los trajeron a España, por lo que su capacidad de combate era más bien pobre. La cuarta, denominada “Littorio”, formada por fuerzas del Regio Essercito, era la mejor de todas, pero tenía el mismo problema de integración que las demás: no era una unidad italiana enviada en bloque a España, sino que se había formado con militares voluntarios de diferentes guarniciones, quienes se habían conocido en el viaje.

-Las cuatro divisiones eran muy inferiores en efectivos que las que combatían en el Ejército Popular de la República: así, mientras que la “Littorio”, la mayor de las cuatro, la formaban 7.689 hombres, la 12ª División republicana que defendía el frente, disponía de 10.739 hombres.

-El grado de motorización era, sin lugar a dudas, muy superior al español, aunque se trataba de medios de transporte comerciales, que sólo se podían desplazar por carreteras o caminos en buen estado. No eran, en absoluto, vehículos “todo terreno” y de ahí el colapso de las pocas vías útiles en su avance sobre Guadalajara

-Su artillería, aunque cuantiosa, había combatido en la 1ª Guerra Mundial, era apta sólo para el transporte hipomóvil y su estado no era óptimo. Se trataba de un material blando, desgastado y poco fiable, como pudieron comprobar los españoles meses después.

-Las prestaciones de las tanquetas italianas Fiat CV-33/35, con sendas ametralladoras de 7 mm. como único armamento, eran manifiestamente inferiores a las proporcionadas por los carros soviéticos T-26 del general Pavlov, con su cañón de 45 mm. y hasta tres ametralladoras de 7,62 mm.

-Los zapadores italianos no disponían de medios especiales de remoción de obstáculos y de tendido de puentes y las transmisiones no se basaban en la radio sino en el teléfono, con la dificultad que conllevaba el permanente tendido de líneas.

-El apoyo aéreo que podía proporcionar la Aviación Legionaria, con bombarderos Savoia S.79 y aparatos de cooperación Romeo Ro.37, era inadecuado para acompañar al avance rápido de las unidades motorizadas. La inferioridad de la caza italiana con su adversaria era más que evidente (Fiat CR. 32 vs. Polikarpov I-15 e I-16).

La realidad de la defensa republicana

Las unidades gubernamentales que se enfrentaron al CTV eran las que componían la 12ª División, al mando del coronel Victor Lacalle; en esencia se trataba de cinco brigadas numeradas 48, 49, 50, 71 y 72. La reserva la constituían un grupo de asalto y cinco baterías de artillería. Su cohesión era escasa, lo mismo que su adiestramiento, debidas ambas a su reciente organización.

Pero el Ejército del Centro republicano tenía suficientes unidades y contingentes para reforzar a la 12ª División, como realmente ocurrió en los primeros días de la batalla. La aviación republicana en esa época era todavía superior a la del bando contrario y tuvo a su favor que casi todos los días logró operar desde sus aeródromos de Levante y sur de Madrid, no pudiendo hacer lo mismo la italiana, condenada en sus bases del norte debido a una nefasta climatología para la navegación aérea.

Lo peor, por su escasez, era la artillería republicana: frente a las 120 bocas de fuego de los atacantes, los republicanos podían oponer en las primeras jornadas, escasas 25-30 piezas de mediano y pequeño calibre.

Los efectivos totales gubernamentales, el día del ataque, no llegaban a 11.000 hombres, aunque tres días más tarde, las cifras se equilibrarían con las de sus adversarios.

El 11 de marzo, el mando republicano consiguió frenar la ofensiva, enviando al frente efectivos suficientes para formar el denominado IV Cuerpo de Ejército, que a las órdenes del teniente coronel Enrique Jurado, aglutinaba en su seno la 11ª División de Líster, la 12ª División de Nanetti[2] y la 14ª División de Cipriano Mera. Además, estaban a disposición de Jurado, la 33ª y la 72ª Brigadas, dos batallones de carros T-26 rusos, un regimiento de Caballería, cuatro batallones de fortificación y una compañía de transmisiones. Todas estas unidades estaban ya curtidas en los combates desarrollados en torno a la capital en los meses anteriores.

Un total de cincuenta batallones republicanos, que equilibraban los 39 batallones italianos del CTV y los 11 españoles de la Brigada Marzo.

La propaganda y las ideas preconcebidas. “Guadalajara no es Abisinia”

La República perdió la guerra dirimida en el campo de batalla hispano en 1939, pero, sin duda, ganó la de la propaganda, en todos los sentidos, y aún hoy día se mantienen muchos de los mitos publicitarios presentados en su día por el gobierno frentepopulista con evidente afán divulgativo y justificativo.

En el caso de Guadalajara, la versión propagandística no dejaba lugar a dudas: se había producido una espectacular victoria del Ejército Popular sobre las tropas fascistas italianas enviadas por Mussolini para ayudar al golpista Franco, y por ende, una derrota total y humillante del CTV, cuyos miembros corrieron despavoridos como almas -y cuerpos- que persiguiera el diablo, huyendo del frente y abandonando a su suerte equipos, materiales, armas y vehículos.

Si bien es cierto que el ataque nacional no consiguió los objetivos señalados en la orden de operaciones, no es menos cierto que los republicanos perdieron definitivamente, para el resto del conflicto, un territorio de unos 15 kilómetros de profundidad con respecto a la línea de frente inicial, demostrando su impotencia para rechazar al enemigo, por lo menos hasta su punto de partida.

Algo hay de verdad en la especie que corrió por toda la retaguardia nacional que hablaba de cierta prepotencia en las tropas italianas, que llegaron a España con un halo de imbatibilidad -demostrado sólo en su última guerra colonial- y el deseo de acabar enseguida –ellos solos- la guerra española, llevándose todos los laureles a Roma. Y esto, como no deja de ser lógico, no gustaba a los sublevados, que si bien necesitaban ayuda, no entraba en sus planteamientos el que nadie viniera a ganar la guerra por ellos.

Pero de lo que no hay duda es que el CTV, pese a los enormes fallos de coordinación cometidos entre sus propias unidades y con el mando nacional; errores de previsión de las condiciones climatológicas y del terreno por el que iba a discurrir la ofensiva; e incluso falta de acometividad y mal empleo de la superioridad material en los momentos iniciales, hay que decir que no combatió mal. Incluso me atrevería a afirmar que lo hizo bien en muchas fases de la batalla, supliendo la escasa cohesión de sus unidades y, en muchas ocasiones, la falta de pericia de la milicia fascista, con dosis elevadas de valor. Las circunstancias climatológicas adversas, la falta de apoyo de la aviación propia, el retraso en la consecución de los objetivos prefijados y la decidida defensiva republicana –transformada en pocos días en ofensiva, con el apoyo de abundantes carros de combate y modernísima aviación- desconcertaron a unas tropas bisoñas, con deficiencias en la cadena de mando –salvo honrosas excepciones- y en muchos casos, desorientadas por la pérdida en combate de sus jefes naturales.

Hubo escenas de pánico aisladas, es innegable, pero en la mayoría de las ocasiones se trató más de un abandono de las precarias posiciones alcanzadas, retrocediendo para buscar encuadramiento en la retaguardia, que de alocadas carreras sin orden ni concierto, como gustó de contarnos, por activa y por pasiva, la propaganda de aliados y enemigos.

Los muertos y el resultado final de la batalla

Si nos fijamos en las bajas de ambos bandos, hemos de admitir que también aquí se ha fantaseado hasta la saciedad. Sin ir más lejos, todavía hoy se mantiene que en la recuperación de Trijueque por las tropas republicanas el 12 de marzo de 1937, los italianos de la 3ª División “Penne Nere” tuvieron 1.480 muertos.

Las cifras reales de la batalla no dejan lugar a dudas: los nacionales de la División de Soria dieron parte de bajas con los siguientes datos, 148 muertos y 203 heridos. No hay tanta precisión en las bajas italianas, pero las cifras se mueven en las siguientes horquillas, 415-616 muertos, 1.832-2.120 heridos y 496-585 prisioneros y desaparecidos[3].

Aunque no hay cifras oficiales de las bajas republicanas ni se han encontrado documentos que permitan hacer un cálculo exhaustivo de las mismas, existe acuerdo entre los historiadores en admitir en torno a los 2.000-2.200 muertos y unos 4.000-4.400 heridos y desaparecidos.

Como es obvio, con los datos expuestos, sería una exageración hablar de una inapelable victoria republicana y una vergonzante derrota italiana, por mucho que la propaganda haya incidido en este extremo.

El resultado de la batalla fue, sin duda, el fracaso de la ofensiva nacional en el frente de Guadalajara, pues no se alcanzaron los objetivos previstos, aunque dicho fracaso no fue explotado militarmente por las fuerzas republicanas, que sólo llegaron a recuperar dos pueblos importantes: Brihuega y Trijueque. Se mostraron también con claridad las carencias estructurales del CTV, tomando el Cuartel General del Generalísimo las medidas oportunas para su reorganización y su dependencia orgánica de Franco. Para los propios italianos supuso una cierta cura de humildad, que sobrellevaron con muy buen talante, depurando su organización, “despidiendo” a muchos de sus componentes y redimensionando la unidad, la cual, a partir de entonces, ganaría en eficacia.

Las burlas, menosprecios y caricaturas que desde ambos bandos se emplearon para descalificar sarcásticamente a los combatientes italianos, no dejan de ser mera e interesada propaganda de guerra, algo que con la objetividad del tiempo transcurrido y desde un punto de vista meramente histórico debemos descartar y rechazar enérgicamente.



[1] Aunque la mayoría de historiadores afirma que el CTV formaba con más de 35.000 hombres, la cifra de 31.214 consta en un documento del propio CTV, fechado el 10 de marzo de 1937, en plena ofensiva de Guadalajara. AGM Ávila. Arm. 31, Leg. 1, Carp. 4, Doc. 4

[2] El nombramiento de Jurado para mandar el Cuerpo de Ejército, hizo que Lacalle, con mayor graduación que él, renunciara al mando de la 12ª División. Ese mismo día sería sustituido por Nino Nanneti, jefe de la 35 Brigada.

[3] Las cifras menores las aporta John Coverdale en “La intervención fascista en la Guerra Civil española” y corresponden a mayo de 1937. Las más elevadas figuran en un telegrama remitido por la Misión Militar Italiana al Ufficio Spagna, en Roma, el 16 de abril de 1937.

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